El dolor de la Liebre

Duele.

Primero en el estómago, como si Fabio Rubiano fuera un boxeador y cada frase escrita en Labio de Liebre fueran sus jabs que se alojan en mi abdomen, uno hace fuerza, aprieta y pone cara de que no pasa nada, aguantando. Mientras, él se mueve por todo el escenario, que es su cuadrilátero, con una soltura que le haría pensar a cualquiera que nació allí. Es su hábitat natural.

No ve a Marcela Valencia, pero le pasa por el lado casi rozándola. No es Marcela ahora mismo, es Alegría de Sosa, que tiene una trenza larga y pesada pero no tan pesada como las culpas que carga en los hombros. Es que las víctimas no solo son víctimas. Siempre se toma las manos cuando habla y parece tener alguna herida en ellas, una cortada que se hizo cocinando, supongo. Acerca su mano a la boca, llena de saliva donde le duele y sigue tocándose.

Me gusta pensar que ahora, después de muertos, su hijo favorito es Granado (Jacques Touckhmanian), la Liebre. No solo se le puede decir así por su labio leporino, sino por como brinca por todas partes, es rápido, intenso, con los ojos siempre atentos a lo que pasa. Hay que seguirle el paso porque hace crecer la obra con cada detalle, no recuerdo sentir lástima por el personaje pero es el único que me hizo llorar todas las veces que vi la pieza. Duele la garganta de la tensión que genera.

Granado ladra y Jerónimo (Biassini Segura) pierde la cabeza, literalmente. Comienza a buscar a Completo, el perro, por toda la casa con el desespero del niño que quiere jugar con su mascota pero que no la encuentra en ningún lado. Y todos nos reimos de él. “¿Por qué esto da risa?”, pienso y luego “se la montaba al hermano por su defecto físico, está bueno que sienta un poco de dolor”. Tener esto es la cabeza es aún más horrible; pero no por ser terrible deja de pasar por ahí, de procesarse.

No deberíamos tratar de explicar una risa por la que sentimos culpa, Rubiano presionó un botón y funcionó. Ya, no es más, no le de más vueltas, siga aunque duela.

Foto Teatro Nacional

Foto Teatro Nacional

Entra por la puerta una mujer (¿una niña?) con el pelo enmarañado, llena de hojas y tierra. Con unos guantes, un vestido y unas botas minúsculas. La miro y la miro y no dejo de pensar que debe calzar 34 o menos. Es Marinda (Ana María Cuéllar), tiene frío pero se lo aguanta, sus hermanos hacen chistes crueles con su nombre y ella se lo aguanta; ha sufrido cosas horribles, su mamá dice que eso le pasa por puta y ella se lo aguanta. Todo se lo aguanta. Está enamorada del verdugo de su familia y sigue queriéndolo aún estando muerta, no pierde la oportunidad de acercársele, besarlo, decirle que lo quiso. Insiste o “está insistida” , como decimos los del campo, en ser alguien más.

Quiere ser como Roxy Romero (Liliana Escobar), una rubia que pasó de ser reina a presentadora de farándula y luego de judicial. Entra y camina con fuerza mientras va narrando pedazos de la historia que ya pasaron, es un periódico de ayer andante, es la repetición del noticiero de la noche. Se cree una muerta de estrato alto aunque pide y necesita lo mismo que los demás, que la reconozcan y digan en dónde está enterrada. No valió de nada ser aliada de Salvo Castello (Fabio Rubiano) que la toca y la acaricia con la confianza del amante que no le importa que lo descubran. Cuando cuenta cómo la mataron, uno no siente un mínimo asomo de empatía. “Soy el peor público del mundo”, pienso.

Castello es la radiografía del país más feliz del mundo, vive aterrado de decir la verdad, pero disfruta en el fondo cuando otros la cuentan; está convencido de que es un buen trabajador (cualquier cosa que eso quiera decir) y siente que su comportamiento no es premiado porque nadie entiende su misión.
En un momento de desesperación pide ser comprendido y el público reacciona nuevamente. Un asesino no es persona y no merece ser tratado como tal, parece ser el sentimiento general en la sala.

Duele. Mató personas que querían hacer su vida, morirse de viejos o de enfermedades ridículas. Mató animales, Completo el perro y Yirama la gallina no se salvaron.
Pasó en la obra pero adentro sabemos que pasó en la vida real.

Estamos encerrados con Salvo en esa casa y no hay una salida correcta. Cuando termina y salimos del teatro, veo que la mayoría de gente usa la palabra “perdón” y hoy no sé qué significa, por eso vuelvo a verla, a ver si encuentro respuestas en las preguntas.

Lo único que sé es que duele.

*Están de nuevo en temporada (y por pocas semanas) en el Teatro Nacional Fanny Mikey de jueves a domingo. Es imperdible, como todo lo de Teatro Petra.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s